El juego de la niña

Había una vez una niña que sí sabía crear historias de fantasía… Jugaba con muñecos, de esos prestados, de esos ajenos, de esos usados. Toma en su mano una muñeca, de plástico duro, opaco y desnudo, el muñeco varón estaba vestido pero no llevaba nada en su corazón. Ambos eran diferentes, ella pensaba; “hoy ustedes me pertenecen”, la niña fantaseaba mucho con el amor, se imaginaba algo diferente que el dolor, el silencio y el frío suelo donde jugaba y así dejó volar su imaginación… 
Dos personas, que se conocieron, eso eran, no habían más personajes, solo ellos, prestados en sus manos y más nadie, la niña vistió a la muñeca con un traje, de un paño viejo que cortó tal cual sastre, le puso un nombre y le peinaba el cabello, le estiró las piernas tiesas en el suelo, justo en frente puso al caballero, al muñeco desnudo de corazón. El muñeco era elegante, se vestía impecable, a pesar de ser usado estaba bien cuidado, a diferencia de la muñeca, despeinada, sin color y con grietas, nada que la niña no pudiese arreglar de la descuidada anterior dueña. Los miraba con amor, a ambos muñecos les buscaba un rol, en este cuento que apenas esta tomando cuerpo, frente a frente los presentó, en lo que parecía un juego de niñas inocente los miró diciéndoles “parabin padadon uno del otro se enamoró” tal cual hechizo, de una bruja malvada que no tiene idea de su magia, o de un hada inocente, que parece no saber que es fuerte. Uno frente al otro, en una mesita que ella hizo, unos helados ficticios, unas manos frías, apoyadas en la idea de mantenerse tibias, querían tocarse pero era demasiado tarde. Hablaban camino a casa, como sería haberse encontrado antes, amigos en común, ¿miradas? Quizás distantes, aquellos muñecos no se conocían, o al menos eso creían. Cada uno llegó a su casa, acostados en sus camas, se llenaban de pensamientos, mientras miraban  techo y se imaginaban, teléfonos de juguete sin parar sonaban, y mensajes se escribieron hasta la madrugada, su conexión fue diferente, sin nadie, sin muñecos sin juguetes, solo con sentimientos desconfiados porque heridas de otros amores no habían sanado… La niña comenzó a encariñarse, guardando los muñecos encima de un estante, esperaba el amanecer casi sin despertarse para encontrar nuevamente a los dos personajes, y así pasaron 100 años de juego, como un tablero de vídeo juegos, los muñecos hechizados uno por el otro pero más enamorado era el caballero, limpio, tenáz, encantador era su juego, por enamorar a la muñeca de claro cabello, no dejaba de pensar en ella, se lo decía en cartas, de noche de día, al sol y a la luna, y ella solo escuchaba, se llenaba de ilusiones cercanas, y cada vez el miedo en ella se alejaba, el color volvía a su piel, hasta sus heridas las tomaba él, las curaba y no preguntaba, en silencio ella al pasado dejaba, y pronto los muñecos que faltaban, se convertían en fantasmas, aunque pensaban que todo estaba curado, en los temas que hablaban ahí estaba, el pasado de ambos acechando, cuentos malintencionados, solo miedos hablando de ambos, porque sabían que al final del día, ellos se querían, en el fondo de sus manos frías que por fin se tocaban, desde aquella noche cuando se congelaban, no había frío que existiera entre ambos, pero sí temas que entre más conversaban más los alejaban, la niña no sabia que hacer, la muñeca no era de trapo, no se podía coser, el muñeco enamorado pensó, que sólo a él el hechizo le cayo, la niña hábil quería seguir jugando, no veía el día que la muñeca se fuera enamorando, del aquel limpio y guapo muñeco, que sus ropas decían mucho de su anterior dueño, la niña pensó que eran como ella, que el dolor era su riqueza y que aprendía a ilusiones lo que pensaba que era belleza, cuando solo era una historia, un cuento, o falsa promesa. Un día en la mañana la niña despertó y no conseguía nada, se preocupó tanto que pensó que a los muñecos le quitaban, que habían venido los que los lastimaban, aquellos que no los habían juntado en tanto tiempo, porque sí, parecían dos viejos en vez de muñecos. Buscó en sus lugares de juegos habituales, y No los encontró, en la noche descansando notó que la muñeca estaba guindando, casi cayendo de encima del estante, donde ella los escondía de todo el mundo o de alguien, que sabía que pronto iba a venir, a quitarle sus personajes que ella ponía a vivir… Sólo encontró a la muñeca, volviendo sus ojos a ella, lastimada y con grietas, se preguntó donde estaba el caballero, aquel que te dio su chaleco, el mismo que llevaba y la niña le quitaba, quizá la muñeca tenía frío, ya no estaban las manos de aquel muñeco tibio, porque se había ido. Buscando, y esperando la niña se fue acostumbrando a jugar solo con la ella, sabiendo que queria escapar junto a él, sabiendo que estaba tan herida que no podía mantenerse de pie, ella le hablaba y le contaba “nadie es dueño de nadie, ni tú, deja que vuelva a ti, como la oscuridad busca a la luz”, la niña sabía, mucho de hecho, eso del dolor y del desprecio, solo quería enseñar a la muñeca que del final se puede volver a comenzar. La muñeca hizo caso omiso y buscó por donde pudo su abrigo, ese que le hacía brillar su opaquez, ese que le daba sentido a su existencia, se dió cuenta que buscaba a ese príncipe que de años fue princesa, por ese que lloraba, por ese que se sentía la mitad más completa del planeta tierra.
Sus heridas fueron sanando, poco a poco a medida que lo estaba esperando, en esa fría noche donde ni la luna quería ser testigo, de esa última velada, de esos suspiros no correspondidos, el plástico de que estaba hecha ya no era opaco, era carne fresca se daba cuenta, estaba vestida, estaba tensa, de los nervios bajaba la cara, daba vergüenza.
 Pena ajena le daba a la niña, le había dicho que el muñeco no aparecería, que le dió su amor más de una vez, que en los silencios se cansó de entender y cuando ella queria levantarse y por fin correr él se había ido lejos con su querer… La muñeca nunca lo volvió a ver, por ser el tiempo un mal amigo, su corazón cada día se vuelve más frío, su sentimiento más íntimo, y sus ojos ya no dan el mismo brillo, parecen vidrios que se compactan con el plástico que trasmite su mirada, sólo se tiene a ella y a la vida… Aquella que también jugó con el caballero, la que cada vez deja herida, con sus juegos de mentira, nunca la muñeca cambió de dueño, sigue siendo esclava de ella, de la niña, de la vida, que junta a dos corazones bajo una luna gigante, y los vuelve fríos, grises y distantes… Que juegos más traicioneros, dos corazones que alguna vez latieron, ahora se vuelven en vez de plástico… Hierro.

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